Hace varias semanas que tengo dificultades para concentrarme en la lectura. Saco libros de la biblioteca como quien, muerto de hambre y sin recursos, revuelve una bolsa de basura, y los descarto a la primera o segunda página como si fueran huesos demasiado pelados, sin restos de carne aprovechable.
Juan Villoro construye una trama, en El libro salvaje -un libro escrito para niños que, como todo buen libro infantil, puede ser leído y desfrutado hasta el deleite por lectores adultos- en el que su protagonista, de once años, descubre que no es uno quien busca a los libros, sino los libros quienes lo buscan a uno. Hoy, finalmente, al azar, di con La niña de pelo raro, de David Foster Wallace. Y me encontré con un cuento, que no recordaba, y con este fragmento, que reproduzco porque me encontró en el momento justo, en el lugar indicado:
"A lo mejor los dos deberíamos admitir que si uno usa a una persona como si no fuera más que un recipiente de órganos, fluidos y emociones, si uno nunca la percibe como algo independiente de los sentimientos y cualidades con que uno está dispuesto a investirla desde lejos, entonces no está bien volverse hacia ella y depender de sus sentimientos para conformar cualquier elemento significativo del bienestar de uno"

1 comentarios:
:)
Publicar un comentario en la entrada