lunes, 29 de agosto de 2011

Rodeo

Hace poco más de un mes fui a ver la obra escrita y dirigida por Agustina Gatto y representada por Germán Rodriguez. Este es mi comentario, publicado el sábado pasado para Ñ:

Algo está pasando con el Western por estas pampas. El estreno de la película de Fernando Spiner basada en el cuento de Antonio de Benedetto, Aballay, puso de manifiesto una tensión, siempre latente, entre la figura del cowboy norte-americano y la del gaucho sud-americano. Mientras la película se filmaba en los imponentes paisajes tucumanos con una producción importante, en otro rincón de Buenos Aires una dramaturga/directora y un actor se reunían para ensayar una obra que pondría sobre un pequeño escenario del circuito off esa misma tensión en escena. El resultado es una reflexión que, en poco menos de una hora de representación, indaga sobre la identidad de un país.

La obra se llama Rodeo. La escribió y la dirige Agustina Gatto (Ifigenia En, Buscado). Germán Rodríguez (Rodando, Absentha) es el actor que se la carga al hombro y hace de la potencia de un texto magnífico un acto deslumbrante.

En “El Western o el cine americano por excelencia”, André Bazín, fundador de la revista francesa Cahiers du Cinéma, se pregunta por qué públicos de los más diversos rincones del planeta responden con tanto fanatismo al western, un tipo de relato que evoca los comienzos de los Estados Unidos de Norteamérica. Luego de ensayar algunas respuestas, concluye que su poder de atracción no radica ni en los paisajes, ni en los decorados, ni en la rutilancia de las estrellas, ni en la capacidad de entretener, sino en que constituye un mito. Un relato del origen. Que no es lo mismo que un relato ceñido a la realidad histórica, porque, explica, “las relaciones de la realidad histórica con el western no son inmediatas y directas, sino dialécticas” Ese ejercicio dialéctico es el que pone en marcha Rodeo.

Ya antes de ingresar a la sala, con el programa en mano, nos encontramos en el terreno ambiguo de la polisemia al que el nombre de la obra nos arroja. Rodeo es, entre otras definiciones, para la Real Academia Española: “Reunión del ganado mayor para reconocerlo, para contar las cabezas o para cualquier otro fin”. Y eso somos, espectadores, frente a Cody Right, el vaquero que nos espera paciente mientras nos sentamos en las tarimas de la platea. Una vez que nos acomodamos, empieza a hablar. Nos habla a nosotros. Nos ha reunido. Nos tiene rodeados. Nos cuenta su historia. La historia de otro rodeo. De un rodeo como desvío. Aquel que da el barco que lo llevaba desde su Texas natal a Europa junto a su madre y lo trae, por error, a la Argentina. Pero antes nos cuenta la historia de su padre, un forajido. Y nos habla de su abuela y de su madre. Y de un caballo endemoniado. Y de la yegua que le regala su padre. Nos lo cuenta con un lenguaje en el que se cruzan los estereotipos de las películas yanquis con la tonada gauchesca. Porque Cody Right creció en la pampa, pero no es ni gaucho, ni cowboy. No va a la pulpería. Pero tampoco va al saloon. Cody, en cambio, va al “Salún”. Usa sombrero de cuatrero y toma mate. Cuando se emborracha y se trenza en una pelea, no usa facón y poncho. Desenfunda su Colt y pega un par de tiros. Habrá crecido en la Argentina. Pero sabe bien de dónde viene. Y a dónde va. Conoce su destino. Un destino que, dice, es divino y no es otro que el de la conquista.

Exploratoria y clásica a la vez (la obra se desarrolla en tres aristotélicos actos), Rodeo consigue, con una notable economía de recursos, apoyarse en varios de los ejes centrales del western como género: el cowboy, hombre cristiano blanco que tiene que arreglar cuentas con la justicia, cuya moral no es la de la ley escrita; la relación con las mujeres que representan la santidad, la pureza y la ingenuidad (para no decir la estupidez), el caballo como fiel compañero, símbolo del brío, de la fuerza y la “pura sangre”; la inmensidad del paisaje y el pueblo con sus construcciones íntegramente hechas de madera que prefiguran, en medio de las praderas, desiertos o peñascales –como señala nuevamente Bazin- la futura civilización. ( la escenografía de Anabella Gatto consigue una síntesis perfecta de paisaje, alambrado, pueblo, con apenas una tarima y un cerco hechos con tirantes de madera). Y, al mismo tiempo, entra en diálogo con los teóricos que conformaron a principios del siglo XIX una idea de país que aún pervive.

A medida que Cody Right nos rodee más y más con su lazo y nosotros, ganado, nos apeemos junto a él, más chocante será la sorpresa cuando nos demos cuenta de que nos tiene completamente atrapados.