¿Por qué escribir? ¿Para qué?
Quien haya empuñado alguna vez una lapicera, una pluma, o haya golpeteado las teclas de una máquina de escribir o una computadora, se ha hecho esta misma pregunta. Incluso, mientras escribía. Se hizo esta pregunta en lo que escribía, sobre lo que escribía.
“Todo contradice la posibilidad de que (una obra de genio) nazca completa en la mente del escritor. Generalmente las circunstancias materiales están en contra. Los perros ladran; la gente interrumpe; hay que hacer dinero; la salud se quebranta. Además, acentuando todas esas dificultades y haciéndolas más insoportables, está la indiferencia notoria del mundo. El mundo no pide a las personas que escriban poemas y novelas e historias; no los precisa. “
Virginia Woolf.
Un cuarto Propio.
¿Por qué escribo yo? ¿Para qué escribo?
Primero, una aclaración: escribo poco. Muy poco. Soy cero sistemática. Nada aplicada. Jamás pude imponerme a mi misma una disciplina. Cuando era chiquita escribía cuentos y las maestras los leían en voz alta en clase. Escribir era un juego. Me divertía imaginar cosas y que quedaran impresas en un papel. Después, se convirtió en una especie de obligación. Algo que se suponía que tenía que hacer bien y dejó de gustarme. No tuve más ganas. No es que dejara de escribir del todo. Pero abandoné la forma. Apenas si anotaba frasecitas en cuadernos u hojitas sueltas. Generalmente para quejarme. Para dejar constancia de que era miserable y de que me odiaba. Cosas por el estilo. El odio tenía que ver, sobre todo, con mi dificultad para hacer. Era como si un malvado de historietas me hubiera paralizado con su mirada de rayos gamma. De las cosas que anotaba en esos diarios deshilachados, había algún que otro jirón de palabras que me gustaba, pero me parecía que no tenía ningún valor, porque no era ficción. No estaba inventando nada. Estaba hablando de mí.
“Valen más los señuelos de la subjetividad que las imposturas de la objetividad. Vale más el imaginario del sujeto que su postura”
La preparación de la novela.
Roland Barthes.
En algún momento retomé la vieja idea: escribir. Convertirme en escritora. Hice un par de talleres literarios. Los talleres me sirvieron, pero hasta por ahí nomás. Logré sistematizar un poco la práctica, me despojé de algunos “vicios” que se suponía que no eran útiles o correctos, pero seguía sintiéndome incómoda. Había algo que ya no me salía con facilidad, no podía “inventar”. Cuando estudié dramaturgia con Kartun, surgió, ahí si, algún tipo de revelación más potente. Mauricio hablaba de “el mundo propio”. Y esto no quería decir, necesariamente, que uno tuviera que escribir sobre uno, pero si (o eso al menos es lo que yo entendí) significaba que nada que no nos conmoviera (mover-con decía el maestro), iba a poder conmover a la audiencia; una audiencia invisible, por supuesto, un interlocutor fantasma, alguien o algo a quien le estuviéramos hablando. Otro Mauricio (Maurice) Blanchot se ríe de aquellos escritores que afirman estar “completamente solos”: “Es cómico tomar conciencia de la propia soledad dirigiéndose a un lector por medios que impiden precisamente estar solo”.
Por esa época intenté con el teatro. Quizás porque el teatro me forzaba a indagar otra forma, otro lenguaje. Pero ahí también, creo, fracasé. Nunca le encontré la vuelta. Meter el mundo propio en un tipo de estructura rígida (no se trata de que el teatro sea rígido: todo lo contrario. Fui yo la que no consiguió desarticular sus mecanismos para encajar en él) era como intentar introducir con fórceps a un niño ya nacido en el vientre de una madre extraña. El problema, mi problema era, fue siempre, después de aquellos primeros pasos inocentes e infantiles, que escribía con miedo. Con miedo y con desesperación por los resultados.
Cuando renuncié, nuevamente, a escribir, fue cuando empecé a escribir de verdad. Y acá tengo que hacer una aclaración: estoy hablando como si fuera una autora con decenas de obras publicadas. Bueno, no. Lo cierto es que hasta ahora publiqué muy poco. Pero no importa. Es decir: no es relevante para lo que estoy tratando de desentrañar o explicar (explicarme) aquí. Aquí, ahora, lo que importa, lo que me importa, es que en un determinado momento yo me la creí. Con o sin publicaciones. Me hice escritora, porque empecé a escribir. No escribía cuentos, ni poesías, ni ensayos. Simplemente escribía. Porque sentía el deseo, la necesidad de hacerlo. Por nada. Para nada. Y escribía sobre cosas que me estaban pasando. No solo me “pasaban”. Me “arrasaban”. Me arrastraban como una corriente poderosa hacia lugares dolorosos.
Intentar poner en palabras esa sensación de derrumbe fue lo que me permitió encontrar algún lugar más o menos sólido entre las arenas movedizas para clavar una estaca y decir “aquí me quedo” (Parece que el poema de Goytizolo gira alrededor de mi cabeza como un insecto zumbante).
Escribir para sacarme peso de encima. Para pasar el tiempo. Para no matarme cuando pensaba en matarme. Para verme de lejos. Para arrancarme de mí y lanzarme, no al vacío, sino a un soporte: papel o pantalla. Para ser otra. Y he aquí la magia: la maravilla. En esos textos era otra. Acá, en mi silla, en la cocina, en el borde de la cama, caminando por la calle era una más. Completamente irrelevante. Como sujeto de mis textos, era única. Pero si en esos textos no se cifraba más que mi vida, mi angustia, algunas nimiedades cotidianas: ¿cuál podía llegar a ser el interés que pudiera suscitar en otro? Quizás, el interés del otro se despierta porque, como escribe Proust a Daniel Hálevy:
“Es en la cima misma de lo particular donde florece lo general”
Proust, se sabe, escribió una de las obras monumentales del siglo XX a partir de sus recuerdos. Pero los recuerdos son materia vaporosa. Y es el lenguaje el que puede apresarlos.
La palabra es materia. Es carne. Y la carne es reversible. Tiene un adentro y un afuera. Siente y es sentida. Como el ojo, ve y es mirado. El texto, la trama, el tejido que constituye un relato, también.
“Lo sensible me devuelve aquello que le presté, pero que yo había recibido ya de él. Yo que contemplo el azul del cielo, no soy ante el mismo un sujeto acósmico, no lo poseo en pensamiento, no despliego ante el mismo una idea del azul que me daría su secreto; me abandono a él, me sumerjo en este misterio, él se piensa en mí, yo soy el cielo que se aúna, se recoge y se pone a existir para sí, mi conciencia queda atascada en ese azul ilimitado. –Pero el cielo no es espíritu, y ¿qué sentido puede tener decir que existe para sí?– Verdad es que el cielo del geógrafo y del astrónomo no existe para sí. Pero del cielo percibido o sentido, subtendido por mi mirada que lo recorre y lo habita, sí puede decirse que existe para sí, en cuanto que no está hecho de partes exteriores, que cada parte del conjunto es sensible a lo que ocurre en todas las demás. "
Maurice Merleau Ponty.
Fenomenología de la percepción.
Todo aquello sobre lo que escribo, existe de un modo particular a partir de mi forma de mirar. El lenguaje apresa esa forma; a mi misma, a mis recuerdos, a mi experiencia.
Y lo moldea, transformándolo en otra cosa. En algo único.
“Como no voy a ordeñar mi cerebro durante una semana, escribiré aquí las primeras páginas del libro más grandioso del mundo. Eso es lo que sería el libro que estuviera hecho únicamente con la integridad de los propios pensamientos. Supongamos que uno pudiera atraparlos antes de que se conviertan en “obras de arte”. Agarrarlos calientes y súbitos tal y como surgen en la mente, subiendo la colina de Asheham, por ejemplo. Por supuesto no se puede; porque el proceso del lenguaje es lento y engañoso. Hay que pararse a encontrar una palabra, luego está la forma de la frase, solicitando que la llenes.”
Virginia Woolf.
Diarios. 1926.
A partir de esa experiencia, la de escribir sin escribir, es decir, sin lo que en un tiempo para mi era “inventar”, me di cuenta de que no inventar es, sencillamente, imposible. Aún cuando mis textos reflejaran algo de lo real, ese espejismo no es otra cosa que algo creado. Algo, si, inventado.
Hace un par de años, no solo me creo escritora sino que, también, creo que puedo funcionar de guía para aquellos que quieren escribir y necesitan un espacio (perdón: otra vez esa palabrita) para leer sus textos y obtener una mirada a cambio, que les permita, a su vez, poder mirarlos desde otra perspectiva.
El taller se llama “Escribir la propia experiencia” por todo esto que hace tiempo vengo pensando. No es que otros no lo hayan hecho más y mejor: en los últimos tiempos, el canon de obras sobre lo que se dio en llamar El giro autobiográfico, no ha cesado de proliferar.
Pero los comentarios de “Madrid” (así es como firma e, imagino, ese podría ser el lugar donde vive) en mi post anterior, escrito a los apurones y bastante irresponsablemente, me empujaron a poner un poco más en orden estas ideas a las que todavía les queda mucho por desplegar.
Quien haya empuñado alguna vez una lapicera, una pluma, o haya golpeteado las teclas de una máquina de escribir o una computadora, se ha hecho esta misma pregunta. Incluso, mientras escribía. Se hizo esta pregunta en lo que escribía, sobre lo que escribía.
“Todo contradice la posibilidad de que (una obra de genio) nazca completa en la mente del escritor. Generalmente las circunstancias materiales están en contra. Los perros ladran; la gente interrumpe; hay que hacer dinero; la salud se quebranta. Además, acentuando todas esas dificultades y haciéndolas más insoportables, está la indiferencia notoria del mundo. El mundo no pide a las personas que escriban poemas y novelas e historias; no los precisa. “
Virginia Woolf.
Un cuarto Propio.
¿Por qué escribo yo? ¿Para qué escribo?
Primero, una aclaración: escribo poco. Muy poco. Soy cero sistemática. Nada aplicada. Jamás pude imponerme a mi misma una disciplina. Cuando era chiquita escribía cuentos y las maestras los leían en voz alta en clase. Escribir era un juego. Me divertía imaginar cosas y que quedaran impresas en un papel. Después, se convirtió en una especie de obligación. Algo que se suponía que tenía que hacer bien y dejó de gustarme. No tuve más ganas. No es que dejara de escribir del todo. Pero abandoné la forma. Apenas si anotaba frasecitas en cuadernos u hojitas sueltas. Generalmente para quejarme. Para dejar constancia de que era miserable y de que me odiaba. Cosas por el estilo. El odio tenía que ver, sobre todo, con mi dificultad para hacer. Era como si un malvado de historietas me hubiera paralizado con su mirada de rayos gamma. De las cosas que anotaba en esos diarios deshilachados, había algún que otro jirón de palabras que me gustaba, pero me parecía que no tenía ningún valor, porque no era ficción. No estaba inventando nada. Estaba hablando de mí.
“Valen más los señuelos de la subjetividad que las imposturas de la objetividad. Vale más el imaginario del sujeto que su postura”
La preparación de la novela.
Roland Barthes.
En algún momento retomé la vieja idea: escribir. Convertirme en escritora. Hice un par de talleres literarios. Los talleres me sirvieron, pero hasta por ahí nomás. Logré sistematizar un poco la práctica, me despojé de algunos “vicios” que se suponía que no eran útiles o correctos, pero seguía sintiéndome incómoda. Había algo que ya no me salía con facilidad, no podía “inventar”. Cuando estudié dramaturgia con Kartun, surgió, ahí si, algún tipo de revelación más potente. Mauricio hablaba de “el mundo propio”. Y esto no quería decir, necesariamente, que uno tuviera que escribir sobre uno, pero si (o eso al menos es lo que yo entendí) significaba que nada que no nos conmoviera (mover-con decía el maestro), iba a poder conmover a la audiencia; una audiencia invisible, por supuesto, un interlocutor fantasma, alguien o algo a quien le estuviéramos hablando. Otro Mauricio (Maurice) Blanchot se ríe de aquellos escritores que afirman estar “completamente solos”: “Es cómico tomar conciencia de la propia soledad dirigiéndose a un lector por medios que impiden precisamente estar solo”.
Por esa época intenté con el teatro. Quizás porque el teatro me forzaba a indagar otra forma, otro lenguaje. Pero ahí también, creo, fracasé. Nunca le encontré la vuelta. Meter el mundo propio en un tipo de estructura rígida (no se trata de que el teatro sea rígido: todo lo contrario. Fui yo la que no consiguió desarticular sus mecanismos para encajar en él) era como intentar introducir con fórceps a un niño ya nacido en el vientre de una madre extraña. El problema, mi problema era, fue siempre, después de aquellos primeros pasos inocentes e infantiles, que escribía con miedo. Con miedo y con desesperación por los resultados.
Cuando renuncié, nuevamente, a escribir, fue cuando empecé a escribir de verdad. Y acá tengo que hacer una aclaración: estoy hablando como si fuera una autora con decenas de obras publicadas. Bueno, no. Lo cierto es que hasta ahora publiqué muy poco. Pero no importa. Es decir: no es relevante para lo que estoy tratando de desentrañar o explicar (explicarme) aquí. Aquí, ahora, lo que importa, lo que me importa, es que en un determinado momento yo me la creí. Con o sin publicaciones. Me hice escritora, porque empecé a escribir. No escribía cuentos, ni poesías, ni ensayos. Simplemente escribía. Porque sentía el deseo, la necesidad de hacerlo. Por nada. Para nada. Y escribía sobre cosas que me estaban pasando. No solo me “pasaban”. Me “arrasaban”. Me arrastraban como una corriente poderosa hacia lugares dolorosos.
Intentar poner en palabras esa sensación de derrumbe fue lo que me permitió encontrar algún lugar más o menos sólido entre las arenas movedizas para clavar una estaca y decir “aquí me quedo” (Parece que el poema de Goytizolo gira alrededor de mi cabeza como un insecto zumbante).
Escribir para sacarme peso de encima. Para pasar el tiempo. Para no matarme cuando pensaba en matarme. Para verme de lejos. Para arrancarme de mí y lanzarme, no al vacío, sino a un soporte: papel o pantalla. Para ser otra. Y he aquí la magia: la maravilla. En esos textos era otra. Acá, en mi silla, en la cocina, en el borde de la cama, caminando por la calle era una más. Completamente irrelevante. Como sujeto de mis textos, era única. Pero si en esos textos no se cifraba más que mi vida, mi angustia, algunas nimiedades cotidianas: ¿cuál podía llegar a ser el interés que pudiera suscitar en otro? Quizás, el interés del otro se despierta porque, como escribe Proust a Daniel Hálevy:
“Es en la cima misma de lo particular donde florece lo general”
Proust, se sabe, escribió una de las obras monumentales del siglo XX a partir de sus recuerdos. Pero los recuerdos son materia vaporosa. Y es el lenguaje el que puede apresarlos.
La palabra es materia. Es carne. Y la carne es reversible. Tiene un adentro y un afuera. Siente y es sentida. Como el ojo, ve y es mirado. El texto, la trama, el tejido que constituye un relato, también.
“Lo sensible me devuelve aquello que le presté, pero que yo había recibido ya de él. Yo que contemplo el azul del cielo, no soy ante el mismo un sujeto acósmico, no lo poseo en pensamiento, no despliego ante el mismo una idea del azul que me daría su secreto; me abandono a él, me sumerjo en este misterio, él se piensa en mí, yo soy el cielo que se aúna, se recoge y se pone a existir para sí, mi conciencia queda atascada en ese azul ilimitado. –Pero el cielo no es espíritu, y ¿qué sentido puede tener decir que existe para sí?– Verdad es que el cielo del geógrafo y del astrónomo no existe para sí. Pero del cielo percibido o sentido, subtendido por mi mirada que lo recorre y lo habita, sí puede decirse que existe para sí, en cuanto que no está hecho de partes exteriores, que cada parte del conjunto es sensible a lo que ocurre en todas las demás. "
Maurice Merleau Ponty.
Fenomenología de la percepción.
Todo aquello sobre lo que escribo, existe de un modo particular a partir de mi forma de mirar. El lenguaje apresa esa forma; a mi misma, a mis recuerdos, a mi experiencia.
Y lo moldea, transformándolo en otra cosa. En algo único.
“Como no voy a ordeñar mi cerebro durante una semana, escribiré aquí las primeras páginas del libro más grandioso del mundo. Eso es lo que sería el libro que estuviera hecho únicamente con la integridad de los propios pensamientos. Supongamos que uno pudiera atraparlos antes de que se conviertan en “obras de arte”. Agarrarlos calientes y súbitos tal y como surgen en la mente, subiendo la colina de Asheham, por ejemplo. Por supuesto no se puede; porque el proceso del lenguaje es lento y engañoso. Hay que pararse a encontrar una palabra, luego está la forma de la frase, solicitando que la llenes.”
Virginia Woolf.
Diarios. 1926.
A partir de esa experiencia, la de escribir sin escribir, es decir, sin lo que en un tiempo para mi era “inventar”, me di cuenta de que no inventar es, sencillamente, imposible. Aún cuando mis textos reflejaran algo de lo real, ese espejismo no es otra cosa que algo creado. Algo, si, inventado.
Hace un par de años, no solo me creo escritora sino que, también, creo que puedo funcionar de guía para aquellos que quieren escribir y necesitan un espacio (perdón: otra vez esa palabrita) para leer sus textos y obtener una mirada a cambio, que les permita, a su vez, poder mirarlos desde otra perspectiva.
El taller se llama “Escribir la propia experiencia” por todo esto que hace tiempo vengo pensando. No es que otros no lo hayan hecho más y mejor: en los últimos tiempos, el canon de obras sobre lo que se dio en llamar El giro autobiográfico, no ha cesado de proliferar.
Pero los comentarios de “Madrid” (así es como firma e, imagino, ese podría ser el lugar donde vive) en mi post anterior, escrito a los apurones y bastante irresponsablemente, me empujaron a poner un poco más en orden estas ideas a las que todavía les queda mucho por desplegar.
2 comentarios:
muy lindo Vir
un chapuzón de refrescamiento cerebral antes de volver. Me encanta decir palabrotas: refrescamiento, aparcamiento, entendimiento, dadaísmo.
Verdaderas palabrotas!
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