sábado, 19 de diciembre de 2009

Los residuos del miedo




Con la congoja de la pasada tormenta
Autor: Horacio Castellanos Moya
Editorial TusQuets
308 páginas

Por Virginia Cosin, para Ñ.

En un artículo para el diario Mexicano Milenio, Roberto Bolaño escribió una vez sobre Horacio Castellanos Moya: “Es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”. El último libro de este escritor nacido en Honduras, criado en El Salvador, y emigrado hacia múltiples destinos de América y Europa se llama Con la congoja de la pasada tormenta y reúne “casi todos los cuentos”. Cuentos que han sido publicados previamente en cuatro libros y cuya escritura, junto con la de sus ocho novelas anteriores, le han valido el reconocimiento como uno de los escritores más relevantes de la narrativa actual en Latinoamérica. Algunas de estas novelas, como El asco, desde la cual se despacha con un cinismo lacerante, pero también con un impecable juego retórico en el que remeda el estilo de Thomas Bernhard, fueron a la vez tan vanagloriadas como repudiadas. A raíz de la crítica que hizo de la realidad política y social de El Salvador, el país que lo vio crecer pero al cual, dice, preferiría no volver, tuvo que hacer sus valijas y partir. Primero a Canadá, luego a Costa Rica y por más de diez años a México, en donde trabajó como periodista y escribió su primera novela: La diáspora. Aunque el periplo no culminó allí: le siguieron Alemania, España y Estados Unidos, país en el que reside actualmente y en donde dicta sus clases. Este carácter errático se imprime en sus textos con la fuerza de quien carga sobre sus hombros un peso ciclópeo. Sus tramas se tejen alrededor de esa realidad convulsionada que vivieron los países de Centroamérica donde se desataron guerras internas, y en cuyas ciudades se depositan los residuos del miedo. “Si la adrenalina se pudiera vender en cubitos –dice el narrador de Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo- en cápsulas concentradas, este país podría exportar a montones, saturar un mercado como el nórdico, sacarle más provecho al terror”. Los personajes de estos cuentos, como los de sus novelas, son hombres indolentes, frustrados, a veces rabiosos. Perdidos, desorientados, mareados por el alcohol –todos o casi todos son bebedores empedernidos- o por la velocidad con la que gira el mundo mientras ellos están paralizados. La traición es el arma más palpable: no hay causas justas, ni ideologías, ni amistades, ni rangos que valgan. Mucho menos vale el amor: si hay un lugar para las mujeres en estos relatos, es el de la amenaza (“Mujeres así son peligrosas. Sobre todo porque los maridos siempre andan en campaña, llegan poco a casa. Meterte con ellas te cuesta la vida”). Los escenarios por los que transitan son bares o habitaciones solitarias en donde un hombre desnudo puede -como en El gran Masturbador- urdir imaginariamente una trama de carácter épico, “concentrando la mayor cantidad de terror en cada milímetro del cuerpo” hasta eyacular: esperma sobre una baldosa o un cuento (aquí la literatura asume ese carácter de desperdicio, de líquido viscoso dentro del cual se agitan organismos vivientes, sin sentido); o carreteras que no conducen a ninguna parte, porque por ellas viajan hombres que no tienen otro remedio que llevarse consigo a cuestas; por más que intenten huir, atravesar fronteras, el límite siempre estará impuesto por el propio cuerpo.
Después de leer a Castellanos Moya, la sensación es la de haber permanecido un buen rato bajo de la lluvia, con la ropa mojada, adherida al cuerpo, la piel fría y la esperanza de que asome un rayo de sol que empiece a secarnos.