
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio.
Alice Munro
Traducción: Marcelo Cohen
RBA
Por: Virginia Cosin para Ñ.
Una niña medio huérfana y su amiga inventan un juego: escriben su nombre y el del chico que les gusta. Después tachan las letras que se repiten. Y, como una versión sofisticada del “me quiere, no me quiere”, cuentan con los dedos al tiempo que repiten: odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. El azar determinará el veredicto.
Odio, amistad, noviazgo amor, matrimonio es un juego de niñas poco –o nada- inocentes. Es ficción. Es el título de un cuento. Y es el libro que Alice Munro, escritora canadiense nacida hace setenta y siete años, publicó en el 2001 y ahora llega a las bateas argentinas, junto con otros títulos de la autora editados por RBA, como La vista desde Castle Rock, El amor de una mujer generosa y Escapada. El libro se asemeja, por momentos, a un cuadro de doble entrada. Como si se tratara de un crucigrama. Entre un relato y otro es posible establecer vínculos, asociaciones. Un puente colgante (título, dicho sea de paso, del segundo relato), construido con tablas de madera que se unen por medio de cables invisibles. Cables que, de un momento a otro, pueden cortarse y arrojarnos al vacío. Porque de eso tratan estos cuentos: de los vínculos que se deterioran con el tiempo. Incluso los de sangre. Incluso los que ligan a una persona con su propia historia.
¿Cuántas mujeres habitan los relatos de Munro? Una, muchas, todas. Sus matices son inagotables. Las mujeres, aquí, enferman. O cuidan a sus maridos enfermos. Se casan, se enamoran, se divorcian, tienen hijos, sienten culpa, se regocijan, entierran a sus maridos, son infieles, aman a sus hijos, sueñan con abandonarlos, se escapan, regresan, menstrúan, saltan la regla, son crueles, mienten, fantasean, trabajan, juegan, viajan, evocan, lloran, se excitan, rezan, descreen, transitan la pérdida. Leen. Escriben. Ah, si, escriben. Como si tejieran. Porque para escribir hay que urdir bien una trama, saber cruzar los hilos. Los tejidos de Munro hacen nudos con el tiempo. Sus relatos son olas que arrastran con su reflujo, a bordo del recuerdo, trastos viejos del pasado. En la convivencia entre la historia y el presente, y en el poder de vislumbrar poesía en lo banal y cotidiano, anida la magia. La escritura como “cosa doméstica”: John Cheever o Rymond Carver con polleras. Aunque es más probable imaginarse a esta mujer madura, de espléndida melena blanca que se crió en una granja de Ontario, calzando un buen par de pantalones. Tal vez por eso su prosa (femenina, si), sea también aguerrida, musculosa, como las manos que se forjan cuando se trabaja la tierra. Hay en Munro otras filiaciones: Clarece Lispector, Lorrie Moore, Grace Paley. Mujeres, escritoras, madres todas ellas, poseedoras de un oído absoluto que les permite percibir y traducir en palabras las vibraciones casi imperceptibles que emiten las cuerdas tensadas en la intimidad de las relaciones. “No pensaba en el cuento que escribiría sobre Alfrida –no en ése en particular- sino en el trabajo que quería hacer, más parecido en mi visión a arrebatarle algo al aire que a construir historias”, piensa la protagonista del cuento Los muebles de la familia. No sabemos cuánto de Alice Munro hay en ella –probablemente mucho- pero sí sabemos que es precisamente eso lo que logra hacer con su tejido/ red.
Alice Munro
Traducción: Marcelo Cohen
RBA
Por: Virginia Cosin para Ñ.
Una niña medio huérfana y su amiga inventan un juego: escriben su nombre y el del chico que les gusta. Después tachan las letras que se repiten. Y, como una versión sofisticada del “me quiere, no me quiere”, cuentan con los dedos al tiempo que repiten: odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. El azar determinará el veredicto.
Odio, amistad, noviazgo amor, matrimonio es un juego de niñas poco –o nada- inocentes. Es ficción. Es el título de un cuento. Y es el libro que Alice Munro, escritora canadiense nacida hace setenta y siete años, publicó en el 2001 y ahora llega a las bateas argentinas, junto con otros títulos de la autora editados por RBA, como La vista desde Castle Rock, El amor de una mujer generosa y Escapada. El libro se asemeja, por momentos, a un cuadro de doble entrada. Como si se tratara de un crucigrama. Entre un relato y otro es posible establecer vínculos, asociaciones. Un puente colgante (título, dicho sea de paso, del segundo relato), construido con tablas de madera que se unen por medio de cables invisibles. Cables que, de un momento a otro, pueden cortarse y arrojarnos al vacío. Porque de eso tratan estos cuentos: de los vínculos que se deterioran con el tiempo. Incluso los de sangre. Incluso los que ligan a una persona con su propia historia.
¿Cuántas mujeres habitan los relatos de Munro? Una, muchas, todas. Sus matices son inagotables. Las mujeres, aquí, enferman. O cuidan a sus maridos enfermos. Se casan, se enamoran, se divorcian, tienen hijos, sienten culpa, se regocijan, entierran a sus maridos, son infieles, aman a sus hijos, sueñan con abandonarlos, se escapan, regresan, menstrúan, saltan la regla, son crueles, mienten, fantasean, trabajan, juegan, viajan, evocan, lloran, se excitan, rezan, descreen, transitan la pérdida. Leen. Escriben. Ah, si, escriben. Como si tejieran. Porque para escribir hay que urdir bien una trama, saber cruzar los hilos. Los tejidos de Munro hacen nudos con el tiempo. Sus relatos son olas que arrastran con su reflujo, a bordo del recuerdo, trastos viejos del pasado. En la convivencia entre la historia y el presente, y en el poder de vislumbrar poesía en lo banal y cotidiano, anida la magia. La escritura como “cosa doméstica”: John Cheever o Rymond Carver con polleras. Aunque es más probable imaginarse a esta mujer madura, de espléndida melena blanca que se crió en una granja de Ontario, calzando un buen par de pantalones. Tal vez por eso su prosa (femenina, si), sea también aguerrida, musculosa, como las manos que se forjan cuando se trabaja la tierra. Hay en Munro otras filiaciones: Clarece Lispector, Lorrie Moore, Grace Paley. Mujeres, escritoras, madres todas ellas, poseedoras de un oído absoluto que les permite percibir y traducir en palabras las vibraciones casi imperceptibles que emiten las cuerdas tensadas en la intimidad de las relaciones. “No pensaba en el cuento que escribiría sobre Alfrida –no en ése en particular- sino en el trabajo que quería hacer, más parecido en mi visión a arrebatarle algo al aire que a construir historias”, piensa la protagonista del cuento Los muebles de la familia. No sabemos cuánto de Alice Munro hay en ella –probablemente mucho- pero sí sabemos que es precisamente eso lo que logra hacer con su tejido/ red.



