domingo 15 de noviembre de 2009

Las mujeres de Alice Munro


Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio.
Alice Munro
Traducción: Marcelo Cohen
RBA

Por: Virginia Cosin para Ñ.


Una niña medio huérfana y su amiga inventan un juego: escriben su nombre y el del chico que les gusta. Después tachan las letras que se repiten. Y, como una versión sofisticada del “me quiere, no me quiere”, cuentan con los dedos al tiempo que repiten: odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. El azar determinará el veredicto.
Odio, amistad, noviazgo amor, matrimonio es un juego de niñas poco –o nada- inocentes. Es ficción. Es el título de un cuento. Y es el libro que Alice Munro, escritora canadiense nacida hace setenta y siete años, publicó en el 2001 y ahora llega a las bateas argentinas, junto con otros títulos de la autora editados por RBA, como La vista desde Castle Rock, El amor de una mujer generosa y Escapada. El libro se asemeja, por momentos, a un cuadro de doble entrada. Como si se tratara de un crucigrama. Entre un relato y otro es posible establecer vínculos, asociaciones. Un puente colgante (título, dicho sea de paso, del segundo relato), construido con tablas de madera que se unen por medio de cables invisibles. Cables que, de un momento a otro, pueden cortarse y arrojarnos al vacío. Porque de eso tratan estos cuentos: de los vínculos que se deterioran con el tiempo. Incluso los de sangre. Incluso los que ligan a una persona con su propia historia.
¿Cuántas mujeres habitan los relatos de Munro? Una, muchas, todas. Sus matices son inagotables. Las mujeres, aquí, enferman. O cuidan a sus maridos enfermos. Se casan, se enamoran, se divorcian, tienen hijos, sienten culpa, se regocijan, entierran a sus maridos, son infieles, aman a sus hijos, sueñan con abandonarlos, se escapan, regresan, menstrúan, saltan la regla, son crueles, mienten, fantasean, trabajan, juegan, viajan, evocan, lloran, se excitan, rezan, descreen, transitan la pérdida. Leen. Escriben. Ah, si, escriben. Como si tejieran. Porque para escribir hay que urdir bien una trama, saber cruzar los hilos. Los tejidos de Munro hacen nudos con el tiempo. Sus relatos son olas que arrastran con su reflujo, a bordo del recuerdo, trastos viejos del pasado. En la convivencia entre la historia y el presente, y en el poder de vislumbrar poesía en lo banal y cotidiano, anida la magia. La escritura como “cosa doméstica”: John Cheever o Rymond Carver con polleras. Aunque es más probable imaginarse a esta mujer madura, de espléndida melena blanca que se crió en una granja de Ontario, calzando un buen par de pantalones. Tal vez por eso su prosa (femenina, si), sea también aguerrida, musculosa, como las manos que se forjan cuando se trabaja la tierra. Hay en Munro otras filiaciones: Clarece Lispector, Lorrie Moore, Grace Paley. Mujeres, escritoras, madres todas ellas, poseedoras de un oído absoluto que les permite percibir y traducir en palabras las vibraciones casi imperceptibles que emiten las cuerdas tensadas en la intimidad de las relaciones. “No pensaba en el cuento que escribiría sobre Alfrida –no en ése en particular- sino en el trabajo que quería hacer, más parecido en mi visión a arrebatarle algo al aire que a construir historias”, piensa la protagonista del cuento Los muebles de la familia. No sabemos cuánto de Alice Munro hay en ella –probablemente mucho- pero sí sabemos que es precisamente eso lo que logra hacer con su tejido/ red.

lunes 9 de noviembre de 2009

Notita sobre la presentación


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lunes 2 de noviembre de 2009

Qué estoy leyendo en este momento


Alicia en el país de las maravillas.


de Lewis Carroll.

domingo 25 de octubre de 2009

Libros recibidos


Gracias a La Compañía, pequeña gran editorial que me envió Catálogo de juguetes, belllísimo e incatalogable libro de Sandra Petrignani, de reciente aparición en librerías.

lunes 19 de octubre de 2009

El fin de la noche presenta


Sobre los libros y sus autores: Participan de la selección de cuento Replicantes los argentinos Federico Falco, Andrés Neuman, Virginia Cosín, Julián Urman, Mauro Libertella, Mariana Enríquez y Joaquín Linne (con introducción de Carolina Sborovsky y Sebastián Hernaiz), junto con los dominicanos Ángela Hernández, Rafael García Romero, Aurora Arias, Luis R. Santos, Johanna Díaz, Rey Emmanuel Andujar y Luis Martín Gómez (compilados por Avelino Stanley). Link al libro: http://elfindelanoche.com.ar/wordpress/?p=254
De la antología de poesía Quedar en lo cantado forman parte los argentinos Sol Prieto, Ezequiel Alemian, Jacqui Behrend, Agustín Privitera, Lucía Bianco, Fernando Callero, Vanina Colagiovanni, Carolina Esses, Marcelo Galindo, Pablo Katchadjian, Cristian De Nápoli, Verónica Pérez Arango, Andi Nachon, Santiago Pintabona (seleccionados por Florencia Castellano) y los dominicanos José Mármol, Frank Martínez, Amable Mejía,Homero Pumarol, Angela Hernández, Adrián Javier,Martha Rivera, José Acosta, Julio Adames, Frank Báez, León Félix Batista, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Basilio Belliard y Médar Serrata (a cargo de Basilio Belliard)

martes 29 de septiembre de 2009

Genio y figura de la modernidad

Por Virginia Cosin
para revista Ñ

A poco de comenzar ¡El autor, el autor!, novela del inglés David Lodge sobre la vida de Henry James, Henry personaje se lamenta, luego de que sus novelas El Americano y Daisy Miller fueran un éxito rotundo, del inevitable declive que sufre el interés suscitado por su obra. Retrato de una dama había sido considerablemente bien recibida, pero no lo suficiente y las sumas de dinero que su editor le ofrecía a modo de adelanto por las futuras ediciones no llegaban a rozar siquiera las grandes expectativas del escritor. Pero lo más lamentable era ver cómo su aspiración a dejar de ser "la mayor promesa de la novela en el mundo de habla inglesa" para convertirse en una verdad irrefutable, se hundía en la posibilidad del fracaso. La novela de Lodge, publicada en el 2004, gira alrededor de aquel lamentable episodio en el que el escritor es largamente abucheado luego de la representación de la pieza teatral Guy Domeville y se interna en las vicisitudes de un personaje tan talentoso y brillante como irremediablemente humano. La reciente andanada de libros que toman a James como figura central, así como de reediciones y traducciones de sus textos, películas sobre sus relatos y publicaciones inéditas, dan cuenta de que la fama póstuma es –Arendt dixit– la suerte de los inclasificables.

En nuestro país, a la sistemática tarea de Edgardo Russo, de El Cuenco de Plata, que desde el año 2004 viene editando gran parte de la obra de James –entre rarezas inéditas en nuestro idioma (La otra casa), hasta sus obras más famosas y encumbradas (Las alas de la paloma)– se suma la reciente aparición de El punto de vista, un librito pequeño y muy poco conocido que escribió en 1882 y que ahora la editorial La Compañía, dedicada a rescatar perlas olvidadas de grandes autores, tradujo por primera vez al castellano. Para fin de este año El Cuenco de Plata tiene programada la edición de Lo que Maisie sabía y para el año próximo, la edición de La princesa Cassamasima, a la que seguirán Otra vuelta de tuerca en la traducción de José Bianco con extenso prólogo de Octave Mannoni, y otra antología de cuentos. Entrados ya al siglo XXI, otra generación de lectores tiene la oportunidad de asomarse a una considerable cantidad de obras del prolífico escritor, con la ventaja de contar con nuevas y cuidadosas traducciones.

Los dos mundos

Henry James nació en Nueva York en 1843 y creció en el seno de una familia de buena posición económica y grandes aspiraciones intelectuales. Uno de sus hermanos, William, fue otra personalidad relevante en el mundo del pensamiento: autor del famoso volumen Principios de psicología, elaboró la doctrina del empirismo radical. Su padre, a sabiendas de que una buena educación no podía excluir estudios en Europa, envió a sus hijos a Francia primero y a Inglaterra después. James inició –tal vez sin sospecharlo– el giro hacia la novela moderna, abriendo camino a los nombres decisivos de la literatura del siglo XX como los de James Joyce, Marcel Proust y Virginia Woolf. Cultivó con celo su vida privada e hizo del secreto y la ambigüedad un estilo inconfundible. Vivió entre dos mundos: nació en Estados Unidos pero fue en Inglaterra donde afirmó su vocación indeclinable por las letras y donde se radicó adoptando, hacia el final de su vida, la nacionalidad inglesa. En la agitación de ese vaivén vislumbró el choque entre la tradición (Europa) y la novedad (Estados Unidos) y lo plasmó en la mayoría de sus obras. Indagó la doble naturaleza del fantasma y produjo uno de los relatos más inquietantes en la historia de la literatura. Otra vuelta de tuerca es un texto que diferentes generaciones intentaron desmenuzar con el objeto de hallar la verdad que se oculta en sus intersticios. ¿Son reales, entonces, los fantasmas que acosan a la institutriz? ¿O se trata, tal vez, de los desvaríos de una persona perturbada? "Nadie ha querido comprender –escribe Borges en su Introducción a la literatura inglesa– que James, al escribirlo, buscó esas distintas interpretaciones sin comprometerse con ninguna". Se apasionó por el teatro, pero el intento de triunfar como autor dramático fue infructuoso. Paradójicamente, el cine convertiría sus textos –tiempo después de su muerte– en guiones de películas cuyo vastísimo público rebasaría las salas y trocaría los abucheos por ovaciones y aplausos.

El novelista moderno

En una escena de la comedia romántica Notting Hill, estrenada en 1999, Hugh Grant –haciendo lo que mejor sabe: mostrarse irresistible como el tipo algo torpe y sensible que destila acidez británica– le recomienda a Julia Roberts, que interpreta a una famosísima actriz de Hollywood (es decir: a ella misma) que deje de hacer porquerías taquilleras y demuestre que es mucho más que una muñequita de la industria: "Deberías hacer una película de Henry James", le dice, como si se tratara de un género cinematográfico en sí mismo.

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martes 11 de agosto de 2009

Un telón de fondo para Virginia Woolf

Entre actos
Virginia Woolf
Traducción: Andrés Bosch
Ed: Lumen
Pags: 205

Por Virginia Cosin para Ñ.

Entre actos es la última novela que escribió Virginia Woolf. El manuscrito todavía no había sido publicado cuando una mañana de marzo de 1941 llenó de piedras los bolsillos del abrigo que llevaba puesto y caminó hacia el río para ahogarse. Tenía 51 años. Había publicado, además de reseñas literarias y ensayos críticos, nueve novelas. Muchas de ellas ya formaban parte del canon de la literatura imprescindible de occidente. Sobre si misma, escribe en Momentos de vida: “Pero ¿Quién era yo entonces? Adeline Virginia Stephen, segunda hija de Leslie y Julia Princep Stephen, nacida el 25 de enero de 1882, descendiente de un gran número de personas, unas famosas y otras oscuras; nacida en el seno de una familia numerosa, nacida no de padres ricos, sino acomodados, en un mundo de finales del siglo XIX, muy comunicativo, literario, epistolar, dado a las visitas y que sabe expresarse...” Más tarde, tras la muerte de su padre, vive con su hermana Vanesa y sus dos hermanos en la casa de Bloomsbury, que luego será el centro de reunión del grupo literario que gravitará alrededor de las hermanas Stephen. Uno de sus participantes, Leonard Woolf, académico y escritor, le propone matrimonio. Ella acepta y juntos fundan una pequeña editorial que crece con el correr de los años en calidad y prestigio: la Hogarth Press. En sus memorias se pregunta: ”No sé hasta qué punto soy diferente de los demás”. Y en cada uno de sus libros pareciera buscar una respuesta.
En Fin de Viaje, Noche y día y El cuarto de Jacob, sus tres primeras novelas, comenzó a explorar un camino que luego profundizaría en las siguientes. En ellas utiliza el lenguaje para pulir la realidad aparente hasta llegar al hueso que se oculta debajo de la piel y la carne del mundo. Con visión de rayos X, penetra en la conciencia de sus personajes. Desnuda sus pensamientos. Los revela. Aún cuando –y sobre todo- lo que los constituyan sean trivialidades, nimiedades, migajas, tan difíciles de aprehender que, de no ser por el hábil anzuelo de su pluma, se escaparían de la lengua, diluyéndose. A Virginia Woolf no le interesan los golpes de efecto, los grandes relatos, las tramas ajustadas. Por el contrario, sus textos se introducen allí donde la trama se abre, en ese vacío que, a veces, es abismo.
Entreactos transcurre –al igual que la señora Dalloway- durante un solo día. El acontecimiento alrededor del cual giran todos los personajes de la novela es la representación de una obra teatral que escribe la señorita La Trobe y que será interpretada por los habitantes del pueblo en el que se encuentra Pointz Hall, la casa que, durante más de un siglo, perteneció a la familia Olivier. Poco hay para decir sobre los sucesos de la novela, porque son los pensamientos y no las acciones de los personajes los que hacen avanzar al relato. La única acción que se desarrolla es la de la obra de teatro que, ejerciendo un contrapeso interesante, rompe con el mandato aristotélico e intenta abarcar toda la historia de Inglaterra –temática que luego retomará la autora en Orlando- a lo largo de unas cuantas escenas, hasta llegar al revelador acto que da cuenta de “los días actuales” es decir, el año 1939. Estamos prácticamente en el final. El telón se abre y una serie de espejos, de distintas formas y tamaños, de cuerpo entero pero también “espejos de mano, latas, vajillas de vidrio, espejos de tocador, pesados espejos con marcos de plata repujada”, reflejan al público sentado frente al escenario. Si de alguna forma se quisiera buscar una imagen que diera cuenta de la impresión que, en el lector, deja la lectura de esta obra excepcional, sería exactamente esta. La de verse, a sí mismo, como un reflejo fragmentado. Como –de la misma forma que le ocurre a Clarissa Dalloway- un cuchillo que atraviesa todas las cosas y al mismo tiempo está fuera de ellas, mirando.